Viaje a Italia: los Dolomitas, Padua y alrededores


Siempre he estado vinculada a Italia. Técnicamente, el 50% de mi sangre proviene de allí, sin embargo me lo he tenido que currar para tener un vínculo físico con esa maravillosa tierra, porque lo cierto es que aunque mi madre era 100% italiana, tanto ella como sus padres vivieron en Londres gran parte de su vida, su lengua materna, sus costumbres eran mas british que otra cosa. Pero en determinados hábitos, oh cara, nadie ganaba a italiana a mi madre. Y ese es el caso de la cocina, costumbre humana que se nos agarra a las entrañas como sanguijuelas. Mi madre hablaba un italiano aceptable, pero su polenta era mucho mas que eso, algo casi políticamente incorrecto: sémola suavecita recubierta del sugo di funghi más delicioso que se pueda encontrar y coronado de queso fundido.

¿Y por que empiezo este post con la comida? porque fue y es el primer flechazo que tuve con el país y todavía a día de hoy le juro amor eterno por sus pizze, gnocchi y linguine ai frutti di mare. El segundo flechazo fue buscado y encontrado, cuando me fui de erasmus a Módena. Durante ese año de intensas vivencias (por llamarlo de alguna manera fina) recorrí el país de norte a sur y me enamoré de sus pueblos, gastronomía y costumbres (y de algún que otro italiano, he de decir)

Giulia en plena montaña, de postal

Italia es un país inagotable y durante este viaje solo he podido degustar una millonésima parte de lo que puede ofrecer. Os voy a contar rutas que hemos hecho, donde hemos dormido y, por supuesto, una extensa relación de las maravillas culinarias del país. Buon apetito.


Primera parte: Los Dolomitas

¿Imaginas pisar las montañas de Heidi? Pues los Dolomitas es así. Situado en el noreste de Italia, esta cadena montañosa es puro tirol y responde al milímetro a la típica imagen de postal que tenemos de los Alpes: montañas gigantescas tapizadas de abetos centenarios, prados inagotables y casitas de cuento con sus geranios en los balcones. 

La piazza del Duomo en Trento

El camino hasta los Dolomitas es un poco largo. Lo ideal es, una vez en Milan alquilar un coche para desplazarte mejor. Dependiendo del aeropuerto al que llegues (Milano Malpensa, Linate, Orio al Serio) son unas cuatro o cinco horas hasta los Dolomitas. No es muchísimo, pero en nuestro caso sí: Vera nada mas subir al coche empieza a preguntar si hemos llegado ya. Por ello decidimos hacer noche en Trento, a mitad camino. ¡Menudo acierto! Trento es una pequeña ciudad a los pies de los Alpes, de estilo renacentista veneciano. Su Duomo, con la Catedral de San Vigilio y la Fuente de Neptuno, aparece rodeado de montañas que se levantan hasta el cielo. Si te gusta la cerveza artesana (aquí somos unos locos) no te puedes perder Forsterbräu Trento, un gastrobar al estilo austriaco con una carta de cervezas muy nutrida y su propia mostaza dulce para venta y degustación.

Nuestro querido hotel Cristallo

A un par de horas de Trento está nuestro hogar en los Dolomitas, el hotel Cristallo, una impresionante casona de estilo tirolés a los pies de una montaña  y repleta de servicios. ¿Por qué me encantó?

  1. Ideal para familias, pero sin perder en tranquilidad y refinamiento. Tenemos en mente los típicos hoteles familiares con niños gritones, sucios y con padres cansados. El hotel Cristallo es totalmente lo opuesto, es un cuatro estrellas tranquilo, amable, acogedor y sin el pavo subido. 
  2. Muy buena relación calidad-precio. 
  3. Dog-friendly! me llamó mucho la atención que las mascotas son bienvenidas en gran parte de los alojamientos de los Dolomitas y ¡me encantó!
  4. Entretenimiento para niños. Ay, bendito Mini club, el que lo inventó se merece un monumento. Por las tardes los niños juegan con la encantadora Angela y los padres pueden descansar ¡y abre hasta las diez, por lo que, una vez cenados los niños pueden volver a la carga.
  5. Spa con piscina donde niños y mayores se pueden relajar después de triscar todo el día por el monte. La parte de arriba -a la que solo pueden acceder adultos- acoge las saunas, la sala de relajación, el baño turco y -mi favorito- un hidromasaje en el jardín con el que estás literalmente metida dentro del paisaje, con las montañas por encima de ti mientras burbujeas a 38 grados. Uf, solo de recordarlo me entran escalofríos.

 

La primera ruta que hicimos fue a la cascada de Pisciadú y ahí me di cuenta de dónde me había metido. Ay mamita, aquello no podía ser mas bonito. El paseo mereció la pena y por supuesto, antes cogimos fuerzas en Jimmi hut, un refugio de montaña con unas vistas alucinantes.

Los alrededores de Pisciadú, casi nada

Si eres de las mías y al escuchar la palabra “mercadillo” se te ponen las orejas como las de un conejito, entonces no te puedes perder el Mercado artesanal de San Cassiano, los miércoles por la tarde si mal no recuerdo, donde los pequeños artesanos de la zona se reúnen para vender sus productos. Hay puestos de quesos y embutido casero, verduras recién traídas del monte, mermeladas y licores hechos en la zona y pequeños objetos tallados en madera  que son una preciosidad (muy común en todas las zonas alpinas). El mercado no es muy extenso, pero merece una excursion por la tarde. Además del propio mercado, el pueblecito es muy mono y tiene un cementerio pegado al mercado que es de postal (tétrica, pero de postal).

 

Segunda parte: Padua y alrededores

La segunda parte del viaje consistió en tener el cuartel general en Padua, por ser una ciudad bella y en el centro-norte de Italia, y desde ahi desplazarnos a lugares cercanos.

 

Chioggia

Chioggia, la prima pequeña de Venecia

La primera excursión fue a Chioggia, que es la prima segunda pequeña de Venecia. Es una monería de pueblo, que vive principalmente del turismo y de la pesca. Al igual que su prima mayor, está surcado por canales que se abren al mar. Mucho más pequeña y sin pretensiones, está salpicada aquí y allá por casas señoriales y refinados puentes. Merece la pena contratar un viaje en barco, para hacerse una idea global de la villa. 

La delicia local son los mejillones (de hecho si te das un paseo en barca, te llevarán a los criaderos de estos moluscos) y el mejor sitio para probarlos, la Osteria Penzo.

 

Vicenza

No os voy a mentir: no conocimos a Vicenza en su mejor momento. Era pleno agosto y aquello parecía The Walking Dead, sin un alma viva por las calles. Dicho esto, la ciudad es muy bonita y monumental, como casi todas las ciudades del norte de Italia. Merece la pena acercarse al parque Querini, muy amplio y con un estanque con tortugas, patos y una nutria con la cola mordida (por un pato enfadado, creemos).

Vicenza y sus balcones 

Padua 

Padua fue la gran sorpresa. La tarde que llegamos nos llevamos una pequeña desilusión: de nuevo otra Walking Dead italiana, calles desiertas, restaurantes cerrados, ni un alma a plena luz del día. No encontrábamos ni siquiera un sitio donde cenar. Así que, por supuesto, pasamos de Padua y nos fuimos a hacer excursiones por los alrededores.  Lo que no sabíamos, y descubrimos tres horas antes de que se acabara nuestro tiempo en la ciudad, es que estábamos yendo por las calles equivocadas y que el centro estaba… un poquito más a la izquierda. En fin. Inserta aquí el emoji de la chica dándose una palmada en la cara porque la cosa tiene delito.

El mercado della Piazza delle Erbe

El caso es que Padua es preciosa hasta experimentar el síndrome de Stendhal cuatro veces seguidas. Sus soportales, sus iglesias, las plazas inmensas. Es indispensable pasear por el mercado de abastos, con sus puestos de quesos y fiambre deliciosos, y por supuesto caer en la tentación de comprar: te lo envasan al vacío y te lo puedes llevar a casa. Tiene puestos de fruta en la famosa Piazza delle Erbe y luego en el interior del edificio (monumental, alucinante) predomina la carne, el fiambre, el queso, etc. A solo cien metros del mercado está la Piazza del Duomo y pegada a ella, la impresionante Piazza dei Signori, una plaza abierta, muy grande, repleta de bares donde tomarte un Spritz Aperol, y flanqueada por la Torre dell’Orologio.

Ese día, que fue el penúltimo, nos decantamos por una (buena) comida china, así que nos fuimos al restaurante chino Shangai. Muy pero que muy bueno. Muy pero que muy auténtico. Los dim sum y las berenjenas al estilo chino, indispensables. Muy buena opción también si eres vegetariana.

 

Mis chicas delante de la Torre dell'Orologio

Bérgamo

Nuestra última parada fue en Bérgamo. Si tu vuelo sale pronto por la mañana desde el aeropuerto de Orio al Serio, es buena idea pasar la noche en está preciosa ciudad a la que pertenece el aeropuerto. Se trata de una antigua ciudad amurallada con una parte alta preciosa, donde hay que subir en funicular. Bueno, puedes subir en coche o transporte público o a pie, pero tiene mas gracia en funicular.  

Como no, aquí van mis recomendaciones gastronómicas. En la parte baja de la ciudad (menos turística) el Bu Cheese Bar, que como su nombre indica es un Cheese Bar con una grandísima variedad de quesos y donde pude probar esa delicia que preparaba mi madre: el pinzimonio (crudités y distintos ‘dips’ para mojar); el local es muy moderno, los camareros amables y tienen una bonita terraza. En la parte alta de la ciudad nos costó encontrar algun restaurante poco turísitico, pero al final dimos con él. Se trata de Lalimentari, un pequeño gastro bar muy cuco con unos Casoncelli alla bergamasca espectaculares. Los casoncelli son un plato típico de la lombardia, es pasta rellena del estilo de los tortellini y se suele servir con variedad de sughi. Nosotros los tomamos con mantequilla, salvia y panceta.


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