Yo también fui princesa


dibujo infantil alex

Una de mis princesas infantiles sobre papel. Más azúcar imposible

Varios de mis amigos han compartido y comentado este video en las redes. Las protagonistas de Miyazaki, director de películas de animación japonés, son siempre mujeres y niñas independientes, valientes y con capacidad de decisión, dueñas de su propio destino.

Algo tan normal, que tendría que darse tanto por sentado, sin debate ni discusión, a mi me ha costado muchos años interiorizarlo. Sí, yo que ahora me las doy de defensora de la igualdad sin fisuras de la mujer con respecto al hombre, que leo a Simone de Beauvoir y me enciendo cuando algún comentario se sale de madre, yo de pequeña he sido la mayor de las machistas, en tanto que he dado por hecho que:

  1. las mujeres somos sujetos pasivos 
  2. Las mujeres nos debemos a un salvador
  3. La mayor aspiración de las mujeres es casarse y tener hijos

Sí, amigos, durante mucho tiempo esa era mi percepción de lo que por fuerza era el papel de la mujer en el mundo y cómo tenían que ser las relaciones entre hombre y mujer. Estoy hablando de una etapa muy temprana de mi vida, desde que tengo uso de razón y hasta que empezó la pubertad más o menos, pero que me marcó profundamente. 

¿Qué pudo provocar aquella visión del mundo tan distorsionada? Ni familia, ni amigos. Lo tengo claro, la factoría Disney tuvo toda la culpa. Desde mi primera película (Blanca Nieves y los Siete Enanitos) hasta El Rey León (donde hubo un tímido cambio hacia la igualdad hembra-macho. Tímido, insisto) Disney se dedicó a propagar ideas venenosas sobre cómo debían ser las mujeres y fijarlas en las mentes de niñas y niños con el tesón y eficacia propias de la propaganda fascista. Para mi lo natural era que fuéramos sujetos a la sombra de los hombres, creadas únicamente para servirles y darles hijos. Una matriz con piernas, sumisa y dependiente. Todo nuestro universo debía girar en torno al del hombre, sujeto activo de la historia, como los planetas gravitan alrededor del sol. Y quizás lo más perverso del asunto es que se nos disfrazaba de heroínas, parecía que teníamos algún tipo de poder (físico, de decisión, intelectual) pero nada de eso, era todo una pantomima al servicio del patriarcado. 

Aun recuerdo que uno de mis juegos favoritos era recrear la escena final de la Bella Durmiente. Yo tenía unos siete años. Me tumbaba en la cama y me quedaba inmóvil allí durante muchos minutos, con una rosa de plástico apoyada en el pecho, esperando -por supuesto- a que viniera a despertarme mi príncipe (que no era otro que el macarra de mi clase por aquel entonces, que además me hacía una suerte de bullying light). O sea, un cromo de escena.

Mi hija Vera tiene un disfraz de princesa. Y juega con sus amigos a reproducir los tópicos que también ocupaban nuestros recreos: mamás y papás, princesas y caballeros. No sé si estará bien o mal pero no intentamos “caparle” en sus juegos; no creo que sirva de mucho soltarle peroratas igualitarias a una niña que ni siquiera ha cumplido los cuatro años. Intento no darle mucha importancia pero fomento otras cosas en casa: pintar, puzzles, construcción, música o hacer el tonto (nuestra actividad favorita). Si sale el tema o está pesadita con algún tópico en particular, lo hablamos e intento explicárselo. Pero creo que lo más importante de todo es predicar con el ejemplo, que vea igualdad en casa y en su entorno, que sepa con total certeza que mujer y hombre somos iguales y poseedores de los mismos derechos y obligaciones. Y que si alguien o algo insinúa lo contrario, que luche por tirar por tierra esas palabras.

Somos lo que consumimos, desde que nacemos hasta que nos vamos de este mundo. Lo que nuestros sentidos perciben nos modelan, influyen y marcan nuestra personalidad. Sobre todo cuando somos pequeños, momento en el que nuestra alma e intelecto son altamente volubles. Es justo entonces cuando se deben asentar las bases de una visión del mundo lo más igualitaria y justa posible, sin caer en quimeras. Que nuestros niños sean personas fuertes, sensibles, humildes, honestas y con una autoestima alta. Esos son los adjetivos que deseo para mis dos hijas y todo su generación.


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